Tecnología 05/09/2021

Juan Corvalán: “Hay que crear una cultura de la tecnología en favor de las especies biológicas, más allá de los seres humanos”

El director del Laboratorio de Innovación e Inteligencia Artificial de la Facultad de Derecho de la UBA coordinó el Tratado de Inteligencia Artificial y Derecho, que acaba de editar Thomson Reuters

Juan Corvalán: “Hay que crear una cultura de la tecnología en favor de las especies biológicas, más allá de los seres humanos”

Texto y fotos de Mauro Berchi

Quienes amamos la entrevista sabemos que una de las condiciones elementales para que el diálogo fluya es que el entrevistado este cómodo. Por eso contesté con total naturalidad cuando Juan Corvalán (42) me indicó “quedate tranquilo, este lugar es ideal para hacer la nota. En la terraza hay un dinosaurio gigante y la señal de Batman”.

Y es que, de hecho, bastan pocas líneas para hacer aparecer el puente que une al director del Laboratorio de Innovación e Inteligencia Artificial de la Facultad de Derecho de la UBA (UBA IALAB) con Jurassic Park y el hombre murciélago: no hay mejor manera de llevar el pensamiento a sus últimos confines que alimentar la imaginación con esas criaturas que cobran vida en la narrativa de ficción.

“Creo que es muy difícil que exista una innovación tecnológica que no haya sido primero imaginada y desarrollada en la ciencia ficción. De hecho ciencia y ficción se retroalimentan”, afirma el hombre que engendró cuatro sistemas de inteligencia artificial (IA) en y para el sector público y es referente mundial en la materia.

Ahora, sentado delante de mí, sonríe feliz de cara al sol, y repasa una y otra vez las páginas del Tratado de Inteligencia Artificial y Derecho (Thomson Reuters) que lo tiene como compilador y en cuyas intervenciones combina dosis iguales de metáforas cinematográficas, anécdotas deportivas y artísticas, y elucubraciones que no dejan ninguna disciplina humanística afuera.

Mientras no nos invadan los androides, charlemos.

Empecemos por el principio. ¿Cómo se le ocurre a alguien, en el siglo XXI y con una aparente falta de lectura y concentración general, escribir un tratado de inteligencia artificial y derecho?

-(Se ríe) Es una buena pregunta. Bueno esto es como cuando, en las películas, al llegar al final mirás hacia atrás. En retrospectiva, vos podrías contar cómo fue el proceso empezando en un supuesto comienzo, en el que se te ocurrió hacer algo, y entonces decidiste hacerlo, lo hiciste y mostrás el resultado. Pero la verdad es que no fue así.

En la vida muchas veces las cosas se dan de manera aleatoria y se conjugan, en algún momento, una cantidad de circunstancias que hacen que algo decante. Así es cómo se dio en este caso, porque la verdad es que la primera idea era publicar pequeños libros breves sobre cada tema. Pero después me di cuenta de que, cuando todos los barquitos van livianos en el mar, hace falta un transatlántico, un buque insignia que sirva de referencia acerca de un tema. Y ahí decidimos hacer este tratado.

De todas formas, lo primero que hago cuando me preguntan sobre esto es aclarar que yo no escribí un tratado sino que coordiné o lideré esta obra colectiva e intergeneracional, buscando cohesionar cada uno de los aportes de 77 personas.

A propósito de los 77 autores, toda la obra abarca tres volúmenes y 1750 páginas, además de las infografías. Ver semejante documento inspira cierto optimismo. ¿Se puede tener esperanza respecto de la evolución de la tecnología en nuestro país, o en nuestra región?

-(Toma aire) Uf es una pregunta difícil. Por empezar, en nuestros países las tecnologías de la información y la comunicación tardan generalmente entre 15 y 30 años en madurar. Esos procesos difícilmente se aceleran publicando una obra escrita, aunque signifique muchísimo para el ecosistema de la IA, al menos en español.

Segundo, la evolución de la tecnología ya nos dio una enorme cantidad de lecciones que creo que no aprendimos, porque no nos ocupamos lo suficiente ni de investigar ni de enseñar acerca de cómo evolucionan las tecnologías. No recuerdo en mi colegio ni en mi facultad, o en las universidades que he conocido, que hubiera materias que se ocuparán específicamente de cómo se desarrollan las tecnologías en la sociedad. Y de hecho, al respecto, creo que la sociología y la antropología tienen mucho para ofrecer.

Pero yendo puntualmente al impacto de la IA, que creo que es la tecnología más transversal de todas, me parece que tenemos una oportunidad en Latinoamérica porque se trata sólo de software; y el hecho de que sea una tecnología incorpórea la hace más barata.

En cambio, si pensamos en impresión 3D o en robótica sí veo un obstáculo muy difícil de salvar, comparando con los países avanzados porque ¡imaginate lo costoso que es lograr una industria que permita que los robots sean accesibles!

Eso sí que todavía lo veo muy lejos para que madure entre nosotros. En cambio, es posible que en unos años haya un buen nivel de penetración de IA en nuestras empresas y organismos públicos, aunque esté poco escalada o sea de las más básicas, frente a lo que estén utilizando Japón, Alemania o Estados Unidos.

Está claro que la realidad de América Latina complica todo intento de desarrollar ciencia aplicada. Pero supongo que a la hora de innovar aparecen otros obstáculos además de la economía y la política. En el libro contás la historia del cantante sin voz…

-Sí, me pareció una anécdota justa para ilustrar la resistencia a la tecnología. Estaba leyendo un libro en el que, de pronto, encontré que hubo un cantante francés, Marcel, que en la década del ‘30 del siglo pasado se enfureció cuando saltó a la fama Jean Sablon, del mismo país, pero el primero en usar un micrófono.

Claro, hasta ese momento los cantantes se presentaban sólo con su voz, así que quien no tuviera el volumen necesario para cantar más fuerte que las orquestas, no podía cantar. Pero, al aparecer el micrófono, inmediatamente lo consideraron no humano, artificial y reprochable.

Con esto queda claro que siempre tenemos un primer acto reflejo frente a todo avance técnico, que es rechazarlo. Pero luego, como ocurre en la música y en todos los campos, la cosa se empareja y, siguiendo con los cantantes, terminan todos usando micrófono pero se destaca Luis Miguel. Como muestra la serie en Netflix, él cantaba, ya desde chiquito, extraordinariamente bien. Luego, la tecnología puede ayudar, nos da herramientas, nos mejora. Pero el talento humano es irremplazable.

Coincido con eso. Pero al mismo tiempo la innovación, muchas veces, nos pone frente a paradojas propias del avance sin sentido. Esto lo tratan en diversas partes del libro, incluso con un lema que aparece varias veces: “Innovar sí, pero no a cualquier costo”. ¿Quién debe plantearse esta moderación?

-Y, son muchas las respuestas. Voy a señalar tres, siguiendo los consejos de los neurocientíficos (se ríe) que me indicaron que 3, o máximo 4 elementos, van bien en una enumeración.

Los primeros que deben pensarlo son quienes intentan ganar más y, para eso, desarrollan una innovación sin importarles a quién beneficia, en qué medida perjudican al conjunto y si van a poder sostener ese desarrollo en el tiempo. En esto, recomiendo Hambre de poder, la película sobre cómo se creó McDonald’s. O sea, resumiendo no creas que porque estás innovando y haciendo escalar una tecnología, le estás haciendo bien a tu ecosistema, o a la ciudad donde vivís, e incluso ni siquiera a vos mismo.

La tecnología necesita ser pensada un poco más, y en esto incluyo al líder de una pyme, quien innova en el sector público, y el que piensa un desarrollo en cualquier ámbito.

Lo segundo es que deberíamos crear una cultura de la tecnología en favor de las especies biológicas, o sea, más allá de los seres humanos. Es decir, pensarnos dentro del ecosistema con todo el planeta incluido. Yo sé que esto suena super idealista, pero entiendo que esa es la mirada que deberíamos tener quienes creamos tecnología, matizando lo que puede sonar a ingenuidad, según cómo pretendo hacerlo, y ese es el punto siguiente.

Lo tercero es que hay que dar pasos cortos como cuando aprendemos a caminar, o a tocar un instrumento. Por ejemplo, al crear PretorIA [N. del R: sistema predictivo con IA para la Corte Constitucional de Colombia] viajé mucho allá, y te puedo asegurar que no es la misma Colombia que la de los ’80 o los ’90 que se ve en Netflix. Mejoró mucho, pero claro, no es Noruega tampoco.

Sobre el final de la charla Corvalán se deshace en agradecimientos. Destaca el valor del trabajo en equipo que “tiene buena prensa ahora, pero ni siquiera es la regla en los entornos laborales” y la participación de las mujeres.

Con los últimos tragos de café advierte que vivió el peor semestre de su vida por problemas personales, pero la plataforma virtual en la que se desarrolla el Programa Multidisciplinario de Inteligencia Artificial del UBA IALAB cuenta con más de 3000 alumnos, lo que es -una vez más- un récord en la historia de la enseñanza de esta disciplina, y en su propia cosecha.

Me queda claro que a este lugar, lleno de réplicas de personajes fantásticos, Corvalán viene bastante seguido. Bajamos las escaleras y Rocky, Iron Man y Terminator nos hacen la venia desde las vitrinas. Si, algún día, a alguien se le ocurre hacer una saga con superhéroes de estas latitudes, de esos que se empecinan en innovar aun rodeados de la más completa adversidad, sé que volveré a este café y habrá, detrás de un acrílico, un Corvalán sentado en su escritorio, rodeado de pantallas y papeles, intentando hacer un mundo mejor mientras le patea la pelota a Joaquín Yoda, su hijo, tal como lo vi antes de que el mundo cambiara drásticamente.