Tecnología 02/04/2020

Byung-Chul Han se equivoca: China y Occidente están obligados a coexistir

Por Daniel Mazzone

En este artículo, el catedrático uruguayo de periodismo digital Daniel Mazzone discute tres ideas del filósofo surcoreano sobre el supuesto éxito de los países asiáticos en la lucha contra la pandemia

Byung-Chul Han se equivoca: China y Occidente están obligados a coexistir

Daniel Mazzone es magíster en Periodismo, catedrático de Periodismo Digital y coordinador académico de Periodismo en la Universidad ORT Uruguay, de Montevideo. Como investigador de medios se centró en la relación entre estos y las redes en la nueva sociedad de plataformas. Ha publicado varios libros ensayísticos y artículos académicos en revistas de la región. Entre otros libros, publicó Huffington Post vs. New York Times ¿qué ciberperiodismo? (2012) y Máquinas de mentir, “noticias falsas” y “posverdad” (2018).

En este artículo discute los planteos esgrimidos por el filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han en un celebrado artículo publicado por el diario El País. Byung es profesor de la Universidad de las Artes de Berlín y autor, entre otras obras, de La sociedad del cansancio y Loa a la tierra.

Un artículo del filósofo coreano Byung-Chul Han que cuestiona los métodos de Occidente contra el coronavirus, empieza con un copete de enfoque confrontativo: los países asiáticos han tenido éxito “porque trabajan con datos y mascarillas”; Europa “llega tarde y levanta fronteras”.

Discutiré tres puntos: el presunto enfrentamiento China/Occidente; qué significan “éxito” y “fracaso” en términos culturales y la confusión epistemológica de separar lo digital de lo real.

¿Están enfrentados China y Occidente?

Para Byung-Chul Han (BCH), entre oriente y occidente no hay convergencias sino oposición de contrarios. Es obvio que entre China y Occidente no hay una mera competencia, pero tampoco un irreversible choque de culturas. Lo que sí hay es el encuentro recio, de dos formas complejas de percibir el mundo, que se mantuvieron a saludable distancia por más de 3 milenios y que la globalización aproximó hasta la incierta convivencia actual.

Como BCH parte de la premisa del enfrentamiento, en que uno de los dos debe ganar, transforma a la velocidad de la respuesta asiática en un valor absoluto que explicaría su “victoria” frente al coronavirus. Ciertamente, la velocidad fue decisiva en el caso chino, pero ¿es un déficit para la cincuentena de países occidentales?

Obviamente BCH no ignora ni omite la cuestión central del autoritarismo oriental, “que les viene de su tradición cultural (confucianismo)”. Pero al absolutizar la velocidad como factor de “éxito”, relativiza la dimensión de un factor occidental clave como el de la libertad. Mientras la milenaria cultura confuciana se estructuró en base a un poder centralizado (Dios, emperador, partido único), la milenaria cultura occidental, privilegió la descentralización, la fragmentación política y territorial (ningún imperio occidental, logró sostenerse en el tiempo), y la libertad como valor supremo no subordinado a ningún poder absoluto, temporal o espiritual.

Esa libertad impone debates previos -dilaciones si se piensa confucianamente- para decidir por ejemplo, cómo enfrentar una pandemia. Las demoras y matices que diferencian el abanico de respuestas occidentales, quizá sean un handicap, jamás una minusvalía, ni, menos aun, una condena al fracaso.

Parece un tanto extemporáneo extraer conclusiones de éxito o fracaso a partir de una coyuntura todavía abierta, en un período de 3 meses y con tantas y tan significativas interrogantes sin responder.

Esfera privada y manejo de datos personales

En este punto, el error de BCH ya no es de relativización, sino más profundo, por cuanto atribuye a Europa ignorancia del paradigma de inteligencia artificial: “En el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia. Se podría decir que en Asia las epidemias no las combaten solo los virólogos y epidemiólogos, sino sobre todo también los informáticos y los especialistas en macrodatos. Un cambio de paradigma del que Europa todavía no se ha enterado”.

¿De verdad BCH cree que Europa no se enteró de un paradigma que contribuyó a fundar? Internet nace en 1969 en los Estados Unidos, y la web (sin la cual el ciberespacio no sería lo que es), dos décadas después a instancias de un europeo. El resto del mundo, incluida China, se subió a ese paradigma en marcha.

Pero además, BCH no puede ignorar, porque vive en Berlín, no en Pekín ni en Seúl, que en Occidente estábamos, estamos, en pleno debate sobre la privacidad y el manejo de datos personales, cuando irrumpió el coronavirus. Occidente emplea mucho tiempo en debatir cómo proteger la “esfera privada”, un concepto que BCH reconoce desconocido en China, donde “no hay ningún momento de la vida cotidiana que no esté sometido a observación (y) se controla cada clic, cada compra, cada contacto”.

En Occidente, por el contrario, a esa potencialidad informática se la somete a intenso escrutinio, en los parlamentos nacionales y en la agenda de los usuarios más críticos, en redes y plataformas. Todavía no se ha resuelto, y la forma que asuma el ordenamiento de la nueva sociedad de plataformas será un punto de inflexión no ya político, sino cultural, en Occidente. Lo que es seguro, es que no se resolverá a la manera confuciana de “eso no te corresponde a ti pensarlo; es cosa de Dios, del emperador o del jefe del partido”. Ni siquiera una pandemia derribará los límites de una forma milenaria de ser, pensar y resolver.

Los más de tres milenios de construcción libérrima mencionados al comienzo no son un mero telón de fondo sino la matriz sobre la cual una sucesión de generaciones desarrolló la vida en Occidente. Nadie debería ignorarlo a la hora de analizar la respuesta a una crisis de esta magnitud en un caprichoso corte de tres meses.

“La digitalización elimina la realidad” (¿?)

El tercer punto se trata de un grueso error epistemológico de BCH, al sostener que “la digitalización elimina la realidad”, razón por la cual, dice, “en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad (y) un virus real, y no un virus de ordenador (es) el que causa una conmoción”.

¿Cuántas veces oímos decir “los chicos ya no leen”, “la gente ya no habla entre sí”. Ahora, BCH incorpora otro “ya no”; parecería que de puro apáticos, “ya no” tenemos espíritu crítico frente a las falsificaciones. Suele ocurrir cuando se observa el mundo con modelos vencidos, que se obtengan conclusiones apocalípticas. Podríamos abrir un divertido hilo con “los ya no…”, para completar a gusto. Pero la cuestión es de otro orden: esta realidad, de la que BCH con cierta ezquizoidía separa lo virtual, requiere categorías y modelos de análisis nuevos. Sería largo y muy técnico explicarlo, pero de ninguna manera debe separarse lo virtual como una realidad paralela o “menos verdadera”. Circular por la calle o por las pantallas, tiene idéntico valor desde el punto de vista de las consecuencias de nuestros actos.

Incluso parece una contradicción sostener la separación de lo virtual y lo real y al mismo tiempo que el Big data ha sido esencial para la victoria de los países asiáticos sobre el coronavirus. Si el mundo de los datos no fuera tan real como los árboles o las bocinas del tránsito, difícilmente podría haberse constituido en factor decisivo para vencer al virus. No es el COVID-19 la primera ni la única pandemia conmocionante en la historia, pero una diferencia sustancial con pandemias anteriores, es precisamente su coexistencia con el ciberespacio, que lejos de jugar en contra, como pretende BCH, transformó e incrementó exitosamente las posibilidades de resistir.

Las disociaciones de BCH llegan al paroxismo cuando discute, al parecer seriamente, con el filósofo Slavoj Zizek, acerca de si el coronavirus tiene o no la potencialidad revolucionaria de destruir al capitalismo: “No podemos dejar la revolución en manos del virus”, dice. Menos mal, ahora podemos quedarnos tranquilos, sólo se trata de una pandemia.