Medios 04/10/2020

El periodismo no está para militar contra la grieta

Si hay grieta, no hay por qué hacer la vista gorda. Hay que mostrarla porque ocultarla no la cura, por más empeño que se ponga, afirma el editor general adjunto del diario Clarín

El periodismo no está para militar contra la grieta

Por Ricardo Roa

Nunca es buena noticia que en democracia el periodismo sea noticia. Y peor o sospechoso, que sea el propio Presidente el que busque convertir al periodismo en noticia.

En un encuentro virtual con dirigentes al que llamaron Frentetodismo al palo, Alberto Fernández dijo que está sometido “a un ametrallamiento mediático constante”. Fue en la reunión donde anunció que al terminar la pandemia “vamos a salir a la calle para hacer un banderazo los argentinos de bien”. Está claro: para Fernández quienes marcharon el 17 de agosto son los argentinos de mal. Y clarísimo que con sus palabras ahonda la grieta que dijo y sigue diciendo vino a clausurar.

Lo de cerrar la grieta es una historia vieja y conocida. Lo nuevo es que dentro del periodismo hay quienes militan para que los periodistas tomemos partido en contra de la grieta. El periodismo no está para eso. Si hay grieta, no hay por qué hacer la vista gorda. Hay que mostrarla porque ocultarla no la cura, por más empeño que se ponga.

Un triunfo del kirchnerismo sobre la prensa es haber inventado el sentimiento de la falsa equivalencia que equipara a la víctima con el victimario. Esto es: cuando se destapa un escándalo o se da una opinión contraria al poder o que molesta al poder, la prensa tiene que buscar algo similar o parecido en el otro bando para no ser acusada de parcial.

“Un triunfo del kirchnerismo sobre la prensa es haber inventado el sentimiento de la falsa equivalencia que equipara a la víctima con el victimario”

Pero ¿qué equivalencia existe entre denunciar la corrupción y acusar al que denuncia la corrupción o al juez que condena la corrupción? El oficio periodístico consiste en buscar hechos, gusten o no al que los busca o a quien le llegan. Los datos no siempre matan relato, pero lo perturban. El periodista se basa en datos. El militante, en relato, a lo sumo en datos sesgados.

Y si seguimos hablando de periodismo, hay que decir que una manera de entender al periodismo es no dar lecciones sobre periodismo. Ni pontificar sobre lo que está bien y lo que está mal. Cerrar grietas es función de la política y de los políticos que están en condiciones de tender puentes de verdad. El punto es que quieran hacerlo. Decirlo es fácil.

En el reclamo de silencio al periodismo hay una subestimación profunda de la gente, de su capacidad de discernimiento. Desinformarla es un perjuicio general con beneficios para muy pocos. La gente quiere conservar la libertad de dudar, de volver a comprobar, de escuchar una segunda y tercera y cuarta opinión, de elegir un camino distinto. En esto no deberíamos hacer ninguna concesión.

“Si algo define al periodismo no es la neutralidad sino la búsqueda de la verdad. La grieta, la más profunda, es la que se ensancha entre la verdad y la falsedad. El periodismo no es necesariamente neutral sino imparcial”

Si algo define al periodismo no es la neutralidad sino la búsqueda de la verdad. La grieta, la más profunda, es la que se ensancha entre la verdad y la falsedad. El periodismo no es necesariamente neutral sino imparcial. Es decir: no sostiene de antemano posiciones en favor o en contra de una de las partes.

El nuestro es un ejercicio de comunicación diario y hay una votación diaria del lector con su medio. Y ese lector ejerce sobre nosotros la vigilancia que pretende que nosotros ejerzamos sobre los que mandan.

Culpar a los medios es volver a la fase 1 del kirchnerismo. La polémica en torno a la prensa siempre se acrecienta cuando el poder político es incomodado. Pero esa polémica es lo que define al buen periodismo que investiga, aporta precisiones y alimenta la discusión pública. El periodismo no puede cerrar la grieta, aunque trate sobre ella. Puede influir y de hecho influye. Pero son los hechos los que mandan, sino es más relato.


El autor es editor general adjunto del diario Clarín. Esta columna se publicó originalmente aquí