Telecomunicaciones 20/08/2018

Magnetto: “La conectividad necesita escala, sea ésta por dimensión global o por consolidación local”

El CEO del grupo Clarín expuso en el encuentro anual de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) donde defendió la fusión de Telecom y Cablevisión y dijo que el grupo se define en su vocación por los medios de comunicación

Magnetto: “La conectividad necesita escala, sea ésta por dimensión global o por consolidación local”

En medio del escándalo de los cuadernos de la corrupción kirchnerista, el N° 1 del grupo Clarín -tal vez el empresario que más duramente sufrió el embate de Néstor y Cristina Kirchner en forma personal y sobre sus empresas- fue uno de los oradores destacados en el encuentro anual de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) realizado el 16 de agosto pasado. En varios tramos, con la dificultad para expresarse por la secuela de un cáncer de garganta (el texto de su alocución fue proyectado en pantalla), el empresario expresó su visión sobre el futuro económico de la Argentina, abordó la cuestión de la infraestructura de comunicaciones y respondió a la pregunta de si su prioridad son los medios o las telecomunicaciones.

Respecto de su visión de país, Magnetto volvió sobre sus orígenes desarrollistas (así fue como llegó a Clarín, de la mano de los amigos desarrollistas que Roberto Noble dejó a cargo del diario poco antes de morir); en cuanto a la necesidad de conectividad, el empresario destacó el papel que tiene la banda ancha como condición para el crecimiento de los demás sectores económicos; y en cuanto a la opción medios-telecomunicaciones, no dudó en recordar que la comunicación está en los genes del grupo Clarín.

A continuación, las alocuciones completas ordenadas según nuestro interés: 1) telecomunicaciones, 2) medios, y 3) visión de país.

  • Sobre las telecomunicaciones

Respecto del rol de este sector en la economía, creo que la conectividad es uno de los factores que más contribuyen a la competitividad de un país. Está asociada al ingreso de sus habitantes, a la creación de nuevas empresas y al desarrollo de patentes tecnológicas.

Así como una buena red de transporte ayuda a reducir los costos de transacción de bienes, la infraestructura de comunicaciones hace lo propio no sólo en ese terreno, sino también en el intercambio de servicios y de ideas.

La banda ancha no sólo es un insumo crítico para los negocios digitales. Es esencial para los servicios, el comercio, las finanzas, el turismo. También para la industria: la tecnología y la conectividad que requieren hoy los sectores primarios está fuera de discusión. Desde el monitoreo del clima en los cultivos hasta el análisis en tiempo real de los yacimientos. Lo mismo sucede con las manufacturas: la robótica y el modelo industrial 4.0 son hoy moneda corriente. Al igual que la inteligencia artificial y el big data.

La movilidad sigue expandiéndose. Con un peso creciente del streaming y los nuevos consumos derivados de la Internet de las Cosas, que van desde artefactos hogareños hasta automóviles autónomos, desde video vigilancia hasta ciudades inteligentes.

Todo esto requiere una ampliación exponencial de la capacidad y velocidad de transmisión de datos. Y por ello, la inversión en este plano tiene la urgencia y el volumen de otras, como la energética o la logística.

En los últimos 20 años, la inversión en telecomunicaciones ha estado por debajo de lo que requiere el desarrollo económico del país. Argentina tiene una penetración de banda ancha fija del 60% de los hogares y una velocidad promedio de 19 megas. Para tener una referencia, el promedio de la República Checa es de 40 megas, el de Polonia 47 y el de Nueva Zelanda 76.

En banda ancha móvil, las desigualdades territoriales y de velocidad exigen aceleración del despliegue de antenas y disponibilidad de espectro. Todo esto requiere de fuertes decisiones de inversión. Tasas de capex superiores al 30%, como las que hemos tenido en el cable, son un punto de partida. Y a su vez se necesita escala, que puede derivarse de la dimensión global de las empresas o bien de su consolidación local.

Esta fue la lógica de la fusión de Telecom y Cablevisión. Sigue la misma línea que se está transitando en el mundo. Y nos permite estar ejecutando hoy un programa de 5.000 millones de dólares de inversión que de otro modo no hubiera sido posible. Para ir hacia una red fijo-móvil que permita brindar cuádruple play, que es lo que hoy demandan los consumidores y las empresas.

  • Sobre los medios

Además de las dos intervenciones principales, Magnetto respondió una pregunta del moderador Carlos Pagni, que quiso saber si a partir de la fusión de Telecom y Cablevisión hoy Clarín era un grupo de medios o de telecomunicaciones. El empresario respondió:

No sé si algo le dice que mi oficina y la de mis socios siguen estando en la sede del diario. Los medios son nuestra esencia. En los últimos años hemos invertido mucho en contenidos y en tecnología, tanto en el diario, como en el canal y en la radio. Y sobre todo en cómo llevarlos a las nuevas plataformas de manera sustentable. Tenemos allí incluso mucha más audiencia que en los medios tradicionales.

Es un camino que estamos transitando al igual que el resto de los medios del mundo. Respecto de las telecomunicaciones, nuestro origen allí fue la TV por cable, que por entonces era un medio más. Eso evolucionó con la masificación de Internet. Y luego se le sumó la movilidad. Para nosotros fue un paso natural.

  • Sobre la economía del país

En primer lugar, creo que muchos coincidiremos en que la Argentina tiene la necesidad, y el desafío histórico, de dar un giro cuantitativo y cualitativo en términos de desarrollo e inclusión. El por qué es bastante explícito: partiendo de niveles no tan lejanos en 1962, nuestro PBI per cápita es hoy casi un cuarto del de Australia, por ejemplo. Y, en el mismo período, el crecimiento de nuestro país estuvo un punto por debajo del promedio de América Latina.

Sin duda hemos desaprovechado oportunidades. Para intentar no repetir frustraciones, quizás sea útil indagar en las razones de las mismas. A mi juicio, el cortoplacismo y el sectarismo son dos de esas razones. Por un lado, la extraordinaria versatilidad de nuestros recursos nos tiende a menudo la trampa de creernos más ricos de lo que somos y de gastar a cuenta. Sujetos además a la volatilidad de los términos de intercambio y a la necesidad de sostener una estructura fiscal enorme y en muchos casos ineficiente.

Por el otro, las transformaciones profundas que demanda un cambio de paradigma hacen necesarios consensos básicos tanto en términos políticos como entre sectores económicos y sociales. Y esto nos lleva a otra historia recurrente: los ciclos suelen asumirse con espíritu refundacional y los actores apuestan a maximizar su beneficio inmediato, lo que frente a las dificultades complejiza los acuerdos y consagra respuestas coyunturales.

Superadas estas trabas que podemos llamar históricas, creo que para caminar hacia un modelo de desarrollo de largo plazo es indispensable seguir avanzando en la normalización de la infinidad de variables institucionales y estructurales que fueron trastocadas en tantos años de lógica de emergencia. Se trata obviamente de seguridad jurídica, respeto de las libertades y división de poderes. Y al mismo tiempo de variables regulatorias, cambiarias, impositivas, comerciales, laborales, logísticas. En definitiva, la recuperación de reglas de juego claras y estables es una precondición ineludible.  

Pero el desafío asoma claramente mayor. La Argentina arrastra muchas décadas de incapacidad de trascender una inercia pendular, una antinomia histórica entre conservadurismo y populismo. Entre creación de riqueza e inclusión de grandes mayorías. Llevada al terreno productivo, entre industria y sector agropecuario, entre generación de empleo y generación de divisas.

Superar esa controversia no es algo que se resuelva declamativamente. Es un trabajo duro, una mezcla en dosis justas de estrategia y orfebrería. Partimos de algunas premisas básicas: la enorme mayoría de la sociedad argentina aspira a vivir de acuerdo con el potencial del país, no de acuerdo con una realidad que lleva décadas de declinación. Claro que, para vivir de acuerdo a ese potencial, no basta con tenerlo. Hay que desarrollarlo.

Y desarrollar ese potencial implica desarrollar en serio nuestros recursos naturales, nuestra capacidad energética, nuestras exportaciones, nuestra creatividad, nuestro capital humano. Requiere inteligencia, esfuerzo y persistencia.

Con una orientación estratégica que permita generar una visión compartida acerca de qué va a producir y venderle al mundo nuestro país, y cómo lo hará competitivamente. De cómo se van a generar trabajos de calidad que incluyan a la población económicamente activa. En definitiva, de cómo la Argentina se dará un modelo productivo estable y diversificado, que le permita sostener, a la vez, una inserción global competitiva y un mercado interno dinámico.

El contexto presenta riesgos y oportunidades. Desde un comercio internacional estresado, que observa el regreso de los proteccionismos, hasta la expansión de la economía del conocimiento. Pasando por una demanda sostenida de materias primas, que configuran un diferencial histórico para el país, tan indiscutible como subexplotado en ciertos sectores.

Es evidente que la producción primaria está llamada a ser un factor clave para la inversión y la generación de divisas en el corto plazo. Pero no sólo eso: su reproducción en cadenas de valor hace cada vez más relevante su papel dinamizador del nivel de actividad y de empleo. Pensemos cuánta de la actividad en infraestructura, en servicios o en industrias derivadas, surge de la explotación agropecuaria, minera o energética. Estas industrias son, y en mucha mayor medida podrían ser, una gran oportunidad de especialización para insertarnos en nuevos mercados. La biotecnología, la metalmecánica, los alimentos industrializados, son ejemplos de encadenamientos industriales de potencial exportador. También tiene un gran valor estratégico el tejido industrial de mayor densidad en insumos básicos y derivados, desde la siderurgia hasta la petroquímica, en el que la Argentina tiene tradición y un potencial efecto multiplicador a partir de la integración internacional. Y finalmente están las nuevas industrias, aquellos servicios transables en los que tenemos un capital competitivo, actual o desarrollable, que vale la pena expandir: desde el software hasta la salud, desde los contenidos hasta el turismo.

En definitiva, el rompecabezas productivo requiere sostener una diversificación que reduzca dependencias extremas y favorezca un desarrollo más integrado, social y geográficamente.   

El desafío demanda asimismo unir las fuerzas de lo público y lo privado, con foco en la competitividad y la productividad. Y aquí entran desde un sistema educativo que deberá preparar a nuestros jóvenes para los trabajos que vienen, muchos de los cuales ni conocemos, hasta políticas públicas que fomenten la inversión y estimulen la generación de trabajo.

Es indudable que el sector privado debe ser el dinamizador de ese círculo. Cuanto más peso específico gane en la actividad económica, más fácil será mejorar el ingreso de los habitantes.  Y dentro del sector privado, el capital nacional está llamado a crecer aún más si queremos un modelo de inserción global alineado a nuestros intereses. El impulso a las PyMes pero también a las multinacionales argentinas debiera ser un objetivo estratégico. Por su efecto inspirador y multiplicador en términos de empleo de calidad y capacidad de innovación.

Aquí mismo, en esta sala, hay muestras de que la voluntad de asumir ese desafío está presente. Creo que para que eso se multiplique, la Argentina necesita que sus diferentes actores coincidan en que es necesaria una dirección compartida hacia dónde ir. Y en que los atajos no conducen a ningún lado.