Medios 07/02/2019

Netflix, el nuevo enemigo de la humanidad según el populismo kirchnerista

Por Roberto H. Iglesias

El escritor chaqueño Mempo Giardinelli dijo que la plataforma es un medio “peligroso” y la acusó de “manipular a los pueblos” para imponer la política norteamericana. Respondieron los periodistas Marcelo Stiletano y Jorge Lanata, así como el propio Netflix. Y también nosotros

El escritor argentino Mempo Giardinelli caracterizó al principal medio de streaming de video global como “el inteligentísimo […] pero peligroso sistema Netflix” a raíz de que podría llegar a emitir un programa crítico sobre la expresidenta Cristina Kirchner, producido por Jorge Lanata.

En medio de una ensalada de temas, Giardinelli lo caracteriza como un medio que trabaja “para implantar la mentira a nivel global”. Gracias a que Netflix es “el actor principal en la tarea de manipular a los pueblos”, sostuvo, los Estados Unidos han logrado “imponerse en el último quinquenio en todo el mundo […] Destruyeron Libia y Siria, se apoderaron de Paraguay, de Brasil y de nosotros”.

Su artículo, publicado en Página/12, se titula nada menos que Estrategias mediáticas: basuras, bárbaros y Netflix.

Hacía tiempo que no se escuchaban encendidas denuncias sobre imperialismo cultural, dominación mediática y la manipulación transnacional por medio de la comunicación. Esas denuncias venían acompañadas de otros clásicos: la promoción de falsas necesidades que genera la “sociedad de consumo”,  la “basura” estética y anticultural extranjerizante del cine y la TV , los valores alienantes que transmite la publicidad de compañías transnacionales o la naturalización del poder central o la injusticia del “sistema” en películas o series.

Como ahora hace Giardinelli, estos calificativos solían aplicarse invariable y abrumadoramente en relación con los Estados Unidos, su gobierno y sus empresas, señalando a ese país como el gran victimario imperialista y a la sufrida e indefensa América Latina como una de las principales víctimas de este dominio manipulador.

La visión podía tener un alto grado de paranoia: algunos mencionaban planes comunicacionales meticulosamente diseñados y ejecutados por la Casa Blanca, la CIA, el Pentágono y el Departamento de Estado en series, películas, música o programas (aunque en realidad Washington no tuviera mucho más que La Voz de América y sus distintas versiones). Otros hablaban simplemente de un sistema automático y sin dirección central, pero que igualmente cumplía su siniestro rol de dominación y explotación comunicacional de los países “periféricos” sometidos.

Con el tiempo, estas denuncias quedaron algo pasadas de moda y fueron reemplazadas por otras, a veces basadas en hechos más reales, otras veces igualmente paranoicas. En épocas de posmodernidad y de fake news, ya estamos familiarizados con quienes afirman que el Apolo XI fue un montaje televisivo (ni los rusos negaron el alunizaje en su momento) o, en el colmo del oscurantismo, con aquellos que proclaman que la Tierra es plana o rechazan las vacunas.

¿Derrota y retirada?

Podría argumentarse que la relativa ausencia de tales denuncias sobre el papel de los medios norteamericanos en los últimos años —si se las compara con los años 60 y 70— responde a que los Estados Unidos tienen hoy una presencia limitada en la comunicación latinoamericana.

A diferencia del pasado y en una impresionante “derrota” y “retirada” que ningún genuino militante antiimperialista vislumbraba décadas atrás, los estadounidenses ya no cuentan en territorio latinoamericano con emisoras de radio o TV abierta (Telefé/Viacom y Chilevision/Turner son notorias excepciones en todo el subcontinente).

Tampoco tienen ninguna empresa importante de telecomunicaciones (generalmente se trata de compañías mexicanas, españolas o locales) y sus programas apenas aparecen en la TV abierta latinoamericana (donde predominan realizaciones domésticas o provenientes de Brasil, México, Colombia, Turquía o España: los Onur y Sherezade, entre otros, opacaron hace rato a los Kojak, Starsky & Hutch o a Mulder y Scully).

La presencia norteamericana también perdió mucho terreno en la música popular (Maluma en lugar de Madonna; cumbia, trap y reggaetón en vez de rock & pop) y en la circulación de noticias (CNN desplazada, adaptada a versiones locales o con una fuerte competencia de canales de noticias nacionales, la BBC, France 24 o aún RT; las viejas agencias noticiosas como AP y UPI sustituidas por la española EFE o la exbritánica —ahora canadiense— Reuters).

“Hoy día, los productos comunicacionales, culturales e informativos norteamericanos siguen siendo globalmente omnipresentes pero casi siempre como segunda opción”

Solamente en el cine, en las señales de cable y en el streaming OTT los Estados Unidos siguen teniendo un dominio marcado en América Latina (y en el resto del mundo). Las dos últimas modalidades, tratándose de plataformas de distribución admiten material de distintos orígenes, incluso no-norteamericano. Así, la señal Europa-Europa, paradójicamente, es de la compañía estadounidense AMC, mientras Netflix comienza a realizar producciones nacionales originales (Edha, para Argentina) o a vehiculizar las que efectúen terceras partes (como La casa de papel, producida por Antena 3 de España).

Es cierto que el modelo adictivo de consumir series como Breaking Bad o House of Cards instituido por prestadores OTT como Netflix muestran otra vez al país del norte como líder en la definición de los estándares de la industria, así como en producción y creatividad. Muy pocos, sin embargo, podrían aducir que esas series buscan dejar bien parado a los Estados Unidos: más bien todo lo contrario.

Muy lejos de las actuales, por lo tanto, quedan las realizaciones de típicas de la guerra fría como Misión: Imposible, el Hombre Nuclear o hasta el tardío McGyver, impugnadas por los “antiimperialistas” de la época como propaganda para realzar el poderío o los valores de los Estados Unidos.

Por no hablar, claro, de lo que Ariel Dorfman y Armand Mattelart creían ver desde el Chile de 1972 en su libro Para leer al Pato Donald: “mientras su cara risueña deambule inocente por las calles [de Chile o de América Latina], mientras Donald sea poder y representación colectiva, el imperialismo y la burguesía podrán dormir tranquilos”.

Si bien puede admitirse que la influencia cultural, comunicacional e informativa norteamericana en la región llegó a ser en el pasado por momentos abrumadora, lejos de constituir un plan de sometimiento o de una situación inmodificable y estructural de dependencia, representaba en lo esencial un fenómeno muy diferente.

Se estaba, en realidad, ante un desarrollo inicial insuficiente de las potencialidades de los mercados internos de los países latinoamericanos y de otras naciones. Frente a esta debilidad, se registraba un fuerte desborde de flujos transfronterizos producidos por la abundancia económica y comunicacional de los Estados Unidos, el país que en algún momento llegó a producir casi la mitad del PBI mundial.

Con el tiempo, la mayoría de las naciones desarrollaron —mal, bien, regular y en la medida de sus posibilidades— sus propios medios, sus propias realizaciones de cine y TV y nunca dejaron de generar su propia música y cultura.

Hoy día, los productos comunicacionales, culturales e informativos norteamericanos siguen siendo globalmente omnipresentes pero casi siempre como segunda opción.

Muchas veces, cuando se transforman en la primera opción (por ejemplo, cuando la audiencia prefiere ver la señal internacional de CNN a un canal nacional de noticias o cuando los programas locales tienen sistemáticamente menos audiencia que los extranjeros) representan más bien un signo de que algo anda mal en el país correspondiente —libertades, instituciones, educación o cultura— antes que fenómenos de “dependencia”, “imperialismo” o “sometimiento”, términos que muy poco pueden explicar hoy aplicados a la comunicación.

Verdadera razón

Sin embargo, y en otra interpretación, la razón más importante de por qué ya no se escuchaban esas críticas contra el imperialismo cultural norteamericano, la dominación mediática o la alienación publicitaria puede pasar por otro lado. Tratándose de “enemigos” bastante abstractos convenía descartarlos y buscar otros que prendieran más en la masividad de la clientela política/ideológica a la que se buscaba llegar.

Por lo demás, con el tiempo se vio que esos fervientes antiimperialistas críticos de los Estados Unidos (usualmente la izquierda radicalizada pero también a veces la derecha nacionalista, caracterizadas ambas por su autoritarismo) pocas veces se destacaban por mantener o instituir un sistema o ambiente democrático duradero cuando llegaban al poder.

Por el contrario, ni el sistema político ni el comunicacional manejado por aquellos adalides más extremos del antinorteamericanismo ofrecían pluralismo, libertades o espacio para mensajes críticos. En cambio, presentaban abundante manipulación y propaganda, complementada a veces por la represión, igual o peor que a la que achacaban al “imperialismo”.

Nada de esto, por supuesto, exime las recurrentes tropelías que las dictaduras de derecha cometieron en su momento (y que fueron tanto apoyadas como combatidas en distintos momentos y por distintos sectores de los Estados Unidos que, después de todo, son un país plural, democrático y ciertamente complejo).

Pero aqu?í estamos hablando de quienes se presentaban como alternativa para construir un mundo mejor y más justo —cosa que nunca dijeron Hitler, Mussolini, Trujillo, Galtieri o Stroessner—. En cambio, nos dieron la Unión Soviética, Corea del Norte, Rumania, Cuba, Venezuela o Nicaragua (sin Somoza, como decía el salsero Rubén Blades).

Dicho sea de paso, el gobernante paraguayo que estuvo un tercio de siglo en el poder tenía elecciones periódicas con contrincantes que perdían. Siempre hubo un Congreso funcionando con alguna oposición y, por algún tiempo, dos o tres medios que lo criticaban. No faltó un “Aló Presidente” en cadena radial aunque él no aparecía: La Voz del Coloradismo, “por un Paraguay grande, próspero y feliz”. Stroessner contaba también con un importante apoyo militar, tenía sus presos y asesinatos políticos, había una “burguesía” importadora y terrateniente prebendaria y la corrupción era rampante. Todo muy parecido, casi idéntico, a Chavez y Maduro, excepto por una diferencia: a nadie se le ocurrió jamás que Stroessner encabezara una democracia como ahora algunos sugieren que es la Venezuela de Chávez y Maduro.

“Ni el sistema político ni el comunicacional manejado por los adalides más extremos del antinorteamericanismo ofrecieron pluralismo, libertades o espacio para mensajes críticos. En cambio, presentaron siempre abundante manipulación y propaganda, complementada a veces por la represión, igual o peor que a la que achacaban al “imperialismo””

La derecha nacionalista, la izquierda radicalizada y mucho de lo que hay en el medio de esos extremos cuando adhieren a formulaciones autoritarias, “populistas” o a la democracia “delegativa” (caracterización del politólogo Guillermo O’Donnell) nunca dejaron de estar presentes en el panorama latinoamericano. Pero sufrieron mutaciones y variaciones en sus proporciones relativas.

Estos sectores, excluyendo a la derecha más ultra (pero no, en algunos países, a cierta derecha antidemocrática y antinorteamericana cuyo populismo la acerca a los “progresismos”, caso que no se encuentra en Uruguay o Brasil, pero sí en Argentina o Venezuela) e incluyendo a lo que en algunas naciones se conoce como “izquierda nacional” han entablado alianzas cambiantes y de distintos grados.

Por supuesto, hay manifestaciones que no son lo mismo: la centroizquierda democrática es una cosa, el populismo que permanece en un umbral “delegativo” sin llegar al autoritarismo es otra y el populismo que busca acaparar autoritariamente hasta donde pueda el poder y los recursos sin reconocer límites es otra. Y otra cosa es un régimen ya más cercano a una concepción totalitaria y represiva. Esas distinciones valen, hasta donde tenga sentido hablar en esos términos, para la “derecha” y la “izquierda”: ni Mauricio Macri es Hitler, ni Hermes Binner es Stalin.

De cualquier manera, los sectores de izquierda fueron dejando de lado en gran medida las caracterizaciones sobre el imperialismo cultural, la dominación/dependencia mediática o las críticas a la “sociedad de consumo”. Las reemplazaron mayormente por “enemigos” internos clásicos: la “oligarquía”, los grandes empresarios, los partidos tradicionales, los medios y los periodistas críticos y, en algunos casos, los militares (en los países que padecieron dictaduras castrenses).

Era lógico que autoritarios y populistas buscaran enemigos más “tangibles”, menos lejanos y menos abstractos. Y además ¿cómo podían condenar al imperialismo cultural si muchos de ellos y aún grandes sectores de sus bases aspiraban a viajar a los Estados Unidos, ver sus películas o comprar sus tecnologías y hasta gadgets de dudosa utilidad? ¿Cómo iban a descalificar a la “sociedad de consumo” si su populismo los llevaba precisamente a incentivar como sea el consumo e impulsar la demanda de los “sectores populares”?

¿Cómo podían condenar la “dependencia” si el populismo que practicaban desembocaba en un clientelismo generalizado y terminaban además comprando voluntades de múltiples formas? ¿Cómo iban a condenar la publicidad si ellos mismos refinaban su aparato de propaganda para “vender” su ideología, ejercer el culto a la personalidad, repetir incesantemente consignas, exaltar lo positivo del gobierno o desprestigiar a los “enemigos”?

Mempo, Weber y Laclau

En su texto contra Netflix y su caracterización del streaming como instrumento del imperialismo, Giardinelli incluye de una manera algo desencajada a Max Weber. Sin embargo, revela tener poca idea de quién fue el sociólogo e historiador alemán, a quien compara con el asesor macrista Jaime Durán Barba. Lo acusa también de auspiciar formas del totalitarismo y aún de preparar el terreno para el nazismo (crítica usual, pero injusta, de un sector de la izquierda radicalizada europea).

También denuncia que Weber postulaba que la democracia debía llevar a “liderazgos carismáticos y formas demagógicas para generar o imponer conductas”. Se trata sin duda de una caricaturización de la postura del pensador, quien hizo aportes clave a la sociología y a las ciencias políticas. Sus ideas políticas concretas pudieron variar o ser difusas, pero en lo esencial podría ser considerado, quizás, como un “liberal de izquierda” (moderada).

En todo caso aquella descripción que Giardinelli hace del autor de El capitalismo y la ética protestante parece corresponder más bien al teórico y defensor del populismo Ernesto Laclau, el fallecido admirador y consejero del kirchnerismo, grupo político al que Mempo apoya abiertamente en su artículo.

Laclau, filósofo argentino residente por muchos años en Londres, entendía al populismo como la exacerbación de los antagonismos, la movilización de la sociedad y la concentración de poder en un líder popular que defina un enemigo para estimular esa movilización, sin preocuparse demasiado por las formalidades de las instituciones. Se trata obviamente de una caracterización simplificada de su pensamiento, pero que pretende captarlo correctamente. Para muestra, un botón: “Una democracia real se basa en la reelección indefinida”, dijo.

La mención a Laclau y al kirchnerismo es pertinente porque Giardinelli no se limita exponer una posición ideológica, por excesiva que parezca. “Somos cada vez más y vamos a ser mejores cuando regresemos después de las elecciones de octubre”, señaló el escritor con un abarcativo y tácito “nosotros”. Es un detalle más que militante y que lo posiciona claramente como parte integrante del grupo político kirchnerista activo.

No crean todo lo que leen

Las manifestaciones de Giardinelli recibieron la respuesta de Marcelo Stiletano, sin duda uno de los mejores periodistas de espectáculos en la Argentina y con una lucidez que trasciende con holgura ese campo. Stiletano usó twitter de manera contundente:

“Antes era el Pato Donald. Ahora Netflix, ‘un actor principal en la tarea de manipular a los pueblos’. Lo dice la vanguardia esclarecida que cuando llega al gobierno nos obliga a ver solo lo que ella quiere porque es la única que sabe lo que nos hace bien.

Un grupo presumiblemente militante kirchnerista, estimulado por el artículo de Giardrnelli, creó el hashtag twitter #ChauNetflix (al parecer Netflix es imperialista, peligroso y manipulador pero Twitter no). Convocan a la cancelación de sus suscripciones a Netflix si el sitio incluyera en su oferta la realización de Lanata, hecho aún incierto.

Una usuaria de Twitter, que califica absurdamente a Lanata como un periodista “de ultraderecha”, amenaza con eliminar su abono a la plataforma “si acepta una las grandes mentiras” que promueve el conocido comunicador.

Lanata respondió: “Me llama la atención que les de tanto miedo una miniserie, más miedo debió darles la realidad cuando todo esto pasó (…) Cuando dicen algo, no mientan”, afirmó el periodista.

En el debate intervino el propio Netflix [probablemente a través de la agencia que gestiona sus redes sociales en la región]. La subsidiaria latinoamericana del sitio de streaming desmintió que tenga nada que ver con la realización de Lanata (una documental llamada Codicia que expondrá los casos más sonados de corrupción acontecidos bajo el gobierno de Cristina Kirchner y en los que están involucrados altos funcionarios, muchos de ellos actualmente en prisión).

Además de no entender a Max Weber (o a Durán? Barba) Giardinelli tampoco comprende cómo funciona la empresa OTT o, más aún, el entorno multiplataforma actual de la comunicación.

En efecto, el documental es una realización de una productora contratada por el propio Lanata y podrá ser transmitida por muchas plataformas, entre las que puede o no estar incluida Netflix.

Cabe preguntarse ¿los militantes contra el programa se desuscribirán de Facebook si la producción es anunciada o posteada alguna vez en esa red social? ¿Dejarán de usar Internet si el programa se indexa en Google y aparece en You Tube? ¿O se borrarán de la TV cable si Codicia es difundida a través de alguna señal?

La postura no es solamente absurda y poco viable en un mundo de plataformas múltiples y convergentes. Resulta risible que Netflix se vaya a conmover por una campaña de algunos fanatizados en las redes que llamen a cancelar suscripciones. Pero lo que en verdad expresa esta movida es el concepto de libertad de expresión y pluralismo que enarbolan Giardinelli y sectores kirchneristas afines.

¿Puede alguien imaginar que se organice un boicot contra una librería que ofrezca títulos críticos acerca de una persona, una fuerza política o una escuela de pensamiento? ¿O incluso le correspondería a un gobierno fiscalizar y autorizar los títulos que se ofrecen?

Nada sorprendería del kirchnerismo en este último aspecto (Horacio González intentó prohibir a Mario Vargas Llosa en la inauguración de la Feria del Libro de Buenos Aires de 2011), pero igualmente llama la atención el negacionismo tajante de Giardinelli respecto a la corrupción que expondrá la documental de Lanata.

Para el escritor “la ruta del dinero K” es una caracterización “de los patrones y periodistas venales” que “hoy gobiernan” el país. Mientras tanto, los cuadernos del policía Centeno (que registraron abundantes actos presuntamente corruptos de empresarios y altos funcionarios) “son inexistentes”, “quién sabe […] redactados dónde […] y aceptados por el sistema de servicios judiciales truchos de Comodoro PRO” (juego de palabras que, aludiendo a la sede judicial central, da a entender que los jueces estarían controlados por el partido gobernante).

De acuerdo a lo que dice Giardinelli, no quedaría otra alternativa que concluir que los directivos “arrepentidos” de las principales empresas de obras públicas argentinas se autoinmolan para ir a la cárcel —quizás en ciertos casos por largos años— sólo para perjudicar al kirchnerismo y a la expresidenta.

Regreso reloaded

El “regreso” del que habla Giardinelli viene cargado de muchas cosas. El kirchnerismo ya anunció que volverá con la ley de medios y que esta vez la aplicará a rajatabla. No es muy difícil saber lo que esto significa si se considera que se trata de la fuerza política que apoyó a Chávez y Maduro, la que intentó cooptar a los militares con César Milani, la que quiso alinear a la judicatura con Justicia Legítima y la que convirtió al Congreso en un parlamento-escribanía.

La mayoría de los medios de comunicación mundiales, incluido Netflix, vehiculizan mensajes de muy distinto tipo y mantienen dosis de pluralismo interno, a veces más, a veces menos. Volviendo al ejemplo de la librería resultaría muy extraño encontrar un vendedor de libros que se limitara a ofertar aquellos títulos con cuyo contenido esté personalmente de acuerdo, de la mismo forma que un canal de TV sólo pasara películas o invitara figuras con las cuales que su director coincida.

En todo caso, fueron los medios militantes y sectarios como los creados o cooptados en su momento por el kirchnerismo —cuando esa fuerza gobernaba el país— los que ofrecían mensajes que se acercaban a ese tipo de pensamiento único. De estos contenidos no debía tampoco descartarse su componente intimidatorio, al transmitir como subtexto permanente su apoyatura en el poder del Estado, tal como era ejercido por los K.

Por último y más allá que Giardinelli y quienes piensan como él apunten a Netflix sin que el sitio tenga mucho que ver con el asunto, resulta muy revelador que lo vean como un medio “peligroso”. La expresión no es un rapto del momento: el escritor dice que “hace años” que lo viene advirtiendo.

Calificar en forma genérica como “peligroso” un medio de comunicación constituye una notable rémora reaccionaria y retrógrada del pasado. Como aquellas abuelas o maestras primarias que veían a la naciente televisión como “peligrosa”.  Como la vecina de Sarmiento niño, que le parecía “peligroso” que el infante Domingo Faustino leyera tantos libros, según cuenta en Recuerdos de Provincia. O como la integrista Iglesia Católica española en tiempos del generalísimo Franco, que decidió superar la censura oficial y ofrecer sus propias orientaciones en la cadena de radio española COPE acerca de películas, canciones u productos comunicacionales.

Una calificación para esas realizaciones y que prohibía a los fieles su observación o escucha era “peligrosa”, el mismo adjetivo usado por Giardinelli. Y aun quedaba la categoría “gravemente peligrosa” (esta última utilizada por ejemplo para calificar la película Gilda, con Rita Hayword, pese a que había pasado la censura del Ministerio de Información).

El pensamiento de Mempo Giardinelli y, por extensión, el de las vanguardias iluminadas y el del kirchnerismo que contiene a muchas de ellas, revela de esta forma interesantes puntos de contacto con la mentalidad censuradora y aún ultramontana.

“El propio Dorfman, casi cuatro décadas después de Para leer al Pato Donald, volvió sobre sus pasos: “La realidad es mucho más compleja que lo que yo retraté en ese libro. […]. No necesariamente todo lo que viene del norte es negativo, y tampoco las cosas que hacemos acá son todas positivas. Creo que ha habido una evolución””

Ya se mencionó antes: derecha nacionalista, izquierda radicalizada y las amplias expresiones del populismo antidemocrático y antirrepublicano tienen en muchos aspectos una notable afinidad de propósitos. Así lo revelaron el ex Guardia de Hierro Guillermo Moreno, el excomunista Martín Sabbatella, el proiraní Luis D Elia, el camporista “Cuervo” Larroque o la inefable Hebe de Bonafini.

De orígenes disímiles, no obstante, estos dirigentes políticos tuvieron —y siguen teniendo— una completa coincidencia de criterios acerca del significado de la libertad de expresión o el ejercicio de la comunicación, formando parte hoy y ayer del mismo grupo político.

A ellos se suma ahora, desde una corriente católica afín al papa Francisco, Juan Grabois. El dirigente, cada vez más entrenado en pelearse con sus entrevistadores de los “medios hegemónicos”, celebró su acercamiento reciente al kirchnerismo reclamando a Clarín, con un piquete, nada menos que por un tema de “must carry” (inclusión obligatoria de la señal del canal abierto trotskista Barricada TV).

Se podría considerar lo que dijo el propio Dorfman, casi cuatro décadas después de Para leer al Pato Donald. “La realidad es mucho más compleja que lo que yo retraté en ese libro. Yo vivo en los Estados Unidos [¡!] y la visión que tengo de la cultura norteamericana es muy diversa hoy, hay cosas de allí que si las importan acá son más liberadoras. No necesariamente todo lo que viene del norte es negativo, y tampoco las cosas que hacemos acá son todas positivas. Creo que ha habido una evolución”.

Entre nosotros, el pensamiento de Giardinelli y las manifestaciones del kirchnerismo no revelan lamentablemente ninguna evolución. Más bien expresan una radicalización fanática, con las mismas teorías rudimentarias y obsoletas que proclaman desde hace una década.

A saber: los medios manipulan a la gente para ponerla en contra de nuestro grupo y del gobierno que lleguemos a encabezar; es necesario desmontar esta estructura y “democratizar el sistema” (es decir, crear y adscribir a medios a la línea oficial y limitar hasta donde se pueda a los que no se plieguen).

Para usar las palabras de Mempo y de los franquistas religiosos ultramontanos, una visión verdaderamente “peligrosa”.