Contenidos 31/05/2019

Encarnación Ezcurra: “Vietnam fue un gran y muy cruel laboratorio de hasta dónde puede llegar el periodismo”

Por José Crettaz

Es periodista e hija de Ignacio Ezcurra, el corresponsal del diario La Nación desaparecido en Vietnam cuando cubría la guerra en 1968. A 50 años de su muerte, viajó tras los pasos de su padre para cerrar una deuda familiar y redescubrir el papel del periodismo

Encarnación Ezcurra es periodista y también la hija de Ignacio Ezcurra, un ícono del periodismo local que murió mientras cubría la Guerra de Vietnam para el diario La Nación. El año pasado, a los 50 años de la muerte, viajó a ese país para desandar el camino de su padre. En una charla con #TMTConvesaciones habla de lo que implicó esta experiencia en los personal, pero también reflexiona sobre qué significó esta guerra para el periodismo, donde el compromiso por contar el conflicto se cobró muchas vidas.

-Estuviste en Vietnam tras los pasos de tu padre

-En realidad, el viaje fue planeado con mi hermano como una deuda familiar. Papá se murió cuando yo tenía un año y mi hermano estaba por nacer. Empezó siendo un viaje íntimo, de ir al lugar, de tratar de entender qué llevó a mi padre ahí y por qué. Pero fue curioso cómo el viaje se fue corporizando en un montón de otras cosas. A medida que empezamos a planearlo, nos fuimos enterando de que existe un Museo de la Guerra en Saigón, con 133 periodistas muertos registrados, con sus nombres y sus fotos. Entre ellos no había ningún latinoamericano y, obviamente, ningún argentino. Haciendo corto lo que fue una secuencia larguísima de trámites, desde el museo nos respondieron que no solamente iban a incorporar a papá, sino que le iban a hacer un pequeño acto mientras nosotros estuviéramos ahí. Lo hicieron exáctamente el 8 de mayo, cuando se cumplían los 50 años de su muerte. Eso fue totalmente inesperado. Nosotros pensábamos estar el 8 de mayo en Saigón, caminar por el lugar donde desapareció -porque el cuerpo nunca se encontró-, pero nunca imaginamos que íbamos a estar en el Museo de Guerra entre sus fotos y las de un montón de otros periodistas muertos en la guerra. La sala donde se exhiben se llama Réquiem y es muy impresionante,especialmente para los periodistas porque es el reflejo de las vidas que se cobró esa guerra.

Después hubo otra segunda consecuencia inesperada: La Nación, el medio para el que él trabajaba, decidió dar a conocer su historia. El día que viajaba a Vietnam, me preguntaron si podía escribir una nota desde allá. Eso le dio una difusión pública que nosotros (por suerte, estábamos allá y no acá) tampoco planeamos.

-Vos fuiste contando este viaje en las redes así que, de alguna manera, muchos lo compartimos

-Es cierto. Yo no posteo nada personal jamás, por eso en las redes no hay fotos de mis hijos, ni nada que no esté relacionado con lo laboral. Pero, en esto yo tenía una necesidad de contar. Una muy práctica, debido a que somos una familia muy grande -mi papá era el tercero de 12 hermanos y por eso tengo muchos tíos y primos- y las redes me dieron la facilidad de que con mis posteos todos ellos se fueran enterando en simultáneo. Así, las conversaciones fueron más organizadas que por Whatsapp, donde los comentarios quedan arriba. Después necesitaba contar lo que iba pasando. Traté de no ser demasiado melodramática y de ser muy honesta. Y es cierto que las redes tienen una frescura especial. No volví a leer lo que escribí, pero creo que si lo hago voy a volver a sentir lo que pensaba en ese momento.

-Hay ahí un formato, algo así como Tras los pasos de mi padre…

-Nos extendimos un poco más. Primero porque había lugares que ya no valía la pena llegar, como la Frontera de Laos. Tampoco tenía mucho sentido remontar el Mekong hacia Camboya porque ya no son bases de guerra. Pero sí pudimos ir al Norte, que es donde él no pudo porque estaba en el Sur y claramente no había posibilidad de pasarse de frontera.  Como el Norte ganó la guerra, nosotros queríamos entender cómo eran. El último lugar al que fuimos fue Saigón para sacarle el barniz de asombro, de impacto inicial, de estar en Oriente, de un idioma diferente y de la cosa turística. Queríamos estar más permeables a lo que pasara ahí y, sobre todo, cuando fuéramos a Cholon, el lugar que queríamos pisar como si fuera Tierra Santa para los religiosos. Si bien lo que nos propusimos era un imposible, y no creo que hayamos llegado tan escépticos o tan naturalizados como esperábamos al planear el viaje, sin duda estábamos más cómodos.

“El 8 de mayo mi padre se fue a recorrer Saigón en un jeep con otros periodistas, pidió bajarse en una esquina y se internó en Cholon, el barrio chino de la ciudad. Caminó un poco y ya no volvió esa noche”

-¿Cómo volvieron? ¿Cómo fueron las conversaciones allá entre hermanos?

-Bueno, obviamente, hay conversaciones familiares que salen y también evidencias. Pero si yo tuviese que hacer un balance, pondría otras cosas además del registro personal y familiar. Hay un registro macro sobre qué es Vietnam, un país que crece entre el 6 y el 8 % anual, que ha pasado centenares de guerras (contra los chinos, japoneses, franceses), porque la guerra contra Estados Unidos, como ellos llaman a la Guerra de Vietnam, es la última de una serie. Para nosotros terminó en 1975, con la caída de Saigón, pero ellos siguieron con Camboya y tuvieron una gran hambruna que mató a un montón de gente. Llegar a Vietnam es llegar a un país que es dos veces Salta y tiene 94 millones de habitantes que además es un ensopado porque está lleno de agua y es ver, literalmente, ese crecimiento en los edificios que se levantan, en su potencia tremenda. Es impresionante ver tanta gente trabajando de sol a sol sin quejarse, cómo se hacen las obras en el día, cómo todo ocurre y cómo es importante la eficiencia (es un país comunista, pero muy liberal en lo económico). Ese sería un registro importante porque uno piensa en esa misma potencia en una hipótesis de guerra, de conflicto y vuelve a entender por qué ganaron tantas batallas siempre siendo minoría. Es una potencia muy fuerte que interpela un poco muchas de las cosas que nos pasan a nosotros.

Por otro lado, yendo más específicamente al valor del periodismo es muy fuerte porque fue una guerra expuesta. Recorriendo el Museo de la Guerra uno ve cosas realmente espantosas. Yo estaba sólo con mi hija mayor, que tiene 25 años, pero si hubiese estado con mis hijos menores, me hubiese costado porque ahí uno confronta con lo peor de la humanidad. Yo no estuve nunca en el Museo del Holocausto, pero me dijeron que es la misma sensación, donde uno no dice qué horror lo que hicieron estas personas, sino que uno espeja sus propias debilidades, sus propias oscuridades y concluye que es increíble que el ser humano sea capaz de hacerle esas cosas a otro ser humano. Eso lo vemos y lo conocemos con esa crueldad indescriptible gracias a los periodistas. En el caso de Réquiem son 133, y ahora 134 con papá. Estos son los que saben que se murieron en esa guerra, pero están todos los que no se murieron y dejaron testimonio. El periodismo fue en el caso de Réquiem, a costa de su propia vida, capaz de meter la mano en lo más bajo del ser humano para mostrarlo.  Muchas de las opiniones que nosotros hoy tenemos de esa guerra y todas las guerras es porque Vietnam fue un punto de inflexión, en cuanto a las guerras y a la labor del periodismo. Allí tuvieron carta blanca para estar donde quieran y contar y fotografiar lo que sea.

-También estaban completamente expuestos

– Totalmente expuestos. Vietnam era el foco del mundo, había muchos periodistas y se generó una gran competencia entre ellos por conseguir la mejor nota. Pero más allá de lo hoy que podamos opinar con el diario del lunes sobre el fenómeno, fue un gran laboratorio, cruel, pero gran laboratorio de hasta dónde puede llegar el periodismo. En el museo hay fotos de cronistas de guerra que iban por un bando o por otro y daban cuenta del relato que estaban apoyando, pero también hubo muchísimos cronistas americanos que habían ido con su ejército, que tenían el uniforme norteamericano y que contaron cosas espantosas de ese mismo ejército que los estaba amparando. El museo tiene sus testimonios.

Entonces, Vietnam fue la búsqueda de la verdad llevada al extremo de una exposición directa. Si tuviésemos que hacer la prueba ácida de las consignas que el periodismo invoca, hoy, totalmente sesgada por la experiencia que viví, diría: es Vietnam. Porque involucró muchas nacionalidades y dejó héroes del periodismo, tipos que después de esa guerra fueron grandes profesionales. Está el caso del famoso fotógrafo americano que sacó la foto del survietnamita fusilando al norvietnamita que después se arrepintió siempre y dijo: Él disparó al vietcong y yo le disparé a él. Lo maté con esa foto que se convirtió en una de las insignias de esa guerra y nunca conté cuál fue el trasfondo. Es una gran conversación acerca del periodismo. Ese fue un tema recurrente de charla con periodistas, pero también si fue el signo de una época, si no fue el mismo idealismo social que había finales de los 60 que se reflejó en el periodismo, igual que en las ideas políticas y en las reformas sociales.  También pudo ser una experiencia exigente de una vocación, por ponerlo en términos más estrictos.

“Llegar a Vietnam es llegar a un país que es dos veces Salta y tiene 94 millones de habitantes que además es un ensopado porque está lleno de agua y es ver, literalmente, ese crecimiento en los edificios que se levantan, en su potencia tremenda”

-En esos días en los que estuviste en Vietnam, José Claudio Escribano público en La Nación una extensa crónica en la que narra los pasos de Ignacio Ezcurra en Vietnam.  ¿Qué sabés de cómo fue esa decisión de ser corresponsal de la guerra?

-Él quería ir, asumiendo los riesgos. Hay un montón de testimonios y nadie lo puede ocultar. Si bien lo peor de la guerra se supo después, en el 68 cuando él quiere irse ya había sido la Ofensiva del Tet, con un montón de muertos ampliamente registrada por los medios. Eso había ocurrido a finales de enero y mi padre llegó Vietnam en abril. Ese acontecimiento ya había ocurrido, era público y él insistió en ir. Escribano, que en ese momento estaba en la redacción y también tenía hijos chiquitos igual que mi padre, lo recuerda muy vívidamente. Ignacio insistió hasta que consiguió que lo enviaran a París, donde se gestionaba la visa, volvió a Buenos Aires, se despidió y se fue.  

Él pensaba estar un tiempo en Vietnam y después ir a dar vueltas por los centros donde podía recabar más información. Así se lo escribió el editor de Exterior que el diario tenía entonces. Sabemos que llegó a Saigón, que estuvo un tiempo ahí, y después recorrió el Mekong en helicóptero hasta la Frontera de Laos. Volvió y estuvo en Saigón un poco más de dos semanas. Al  segundo día de estar ahí empezó a escribir y mandar crónicas casi todos los días, que no era tan fácil como ahora porque tenía que ir al Caravelle, donde estaba la agencia de AP, para mandar los despachos por télex. Llegó a confraternizar con algunos periodistas. De hecho Oriana Fallaci, la colega italiana que estaba cubriendo también la guerra, fue una de las que alertaron que no aparecía.

Lo que sabemos del 8 de mayo es que él se fue, junto con otros periodistas, a recorrer la zona en un jeep y pidió bajarse en una esquina (fuimos ahora con mi hermano) y se internó en Cholon, que era y es el Barrio Chino dentro de Saigón. En ese momento, era un barrio periférico de Saigón, hoy tiene 8,5 millones de personas y captó a Cholon que quedó en el centro. Mi padre caminó un poco y no volvió esa noche.

Se  dio alerta de la desaparición y se le pidió a todos los fotógrafos que miraran los negativos de todas sus imágenes (era lo que se estilaba en ese momento) para ver si estaba en alguna. Escribano recuerda que se pasaron más o menos 15 días revisando negativos, hasta que un periodista japonés mandó a La Nación la foto de un cuerpo muy alto (mi papá medía casi dos metros). En el diario la reproducen en tamaño natural y sobre eso se hace el reconocimiento. Cuando van al lugar, a recorrer Cholon, ya no lo encuentran, así que posiblemente esté enterrado por ahí en alguna fosa.

-¿Cómo reviviste esa nota de Escribano, tan puntillosa, con mucho dato, detalles y construcción de la memoria (muy de su estilo)?

-No lo había hecho antes. Pude conversar con él y le pregunté por qué lo había hecho ahora que pasaron 50 años. Me dijo: Porque creí que era el momento en que se tenía que reflejar la historia en un diario. A mí lo que más me sorprendió es que él tira la hipótesis de que podía haber sido víctima de los americanos. Siempre se dijo que había sido muerto por el Viet Cong porque el Cholon era una unidad del Viet Cong dentro del territorio sur vietnamita. Me sorprendió mucho que haya escrito eso, pero me parece bien. Escribano es un testigo preferencial porque lo conoció, porque estaba en la redacción, en los medios y, sobre todo, por lo que ha sido su carrera periodística, más allá de los cargos que ha ocupado, creo que todos coincidimos en que es un periodista de raza total. En ese sentido, le doy mucho valor. Yo no sabía que iba a escribir esa nota, la leí allá y me impresionó, no lo podía creer. Además tengo un gran respeto por la firma y la persona de Escribano.

-¿Hay en la cobertura de tu viaje, en la repercusión que ha tenido, además de una reivindicación de Ignacio Escurra y su condición de periodista profesional, una sensación de haberse salido del ombliguismo argentino?

-No lo sentí tanto como una reivindicación porque nunca sentí lo contrario.  ¿Una actualización de la figura de mi padre? Puede ser. Hubo gente que destacaba cualidades y una generación que seguramente lo descubrió.  El otro día fui a La Nación, y en una conversación amplia, bulliciosa, con algunos amigos y otros que no sé ni quiénes son, salió el tema de si era la expresión de una época llevada al periodismo. Me encanta el diálogo que genera porque es medular de la profesión. Deja de ser la persona de Ignacio Ezcurra para expresar y canalizar lo mejor del periodismo. Eso es lo interesante. Más allá de actualizar o no la figura de Ignacio, abre la conversación sobre para qué éramos periodistas. Esa conversación me parece fascinante porque saca lo mejor de la profesión.

-¿Este viaje terminó o es un viaje que sigue?

– Claramente terminó. Seguirán los efectos en cuanto a cosas que se desataron, pero el viaje era ese y se cerró. Lo que sigue es la conversación.

“En Vietnam y a costa de sus propias vidas, los periodistas fueron capaces de meter la mano en lo más bajo del ser humano para mostrarlo. Muchas de las opiniones que hoy tenemos de esa guerra y todas las guerras es porque Vietnam fue un punto de inflexión y a la labor del periodismo”