Contenidos 18/08/2019

El periodismo y su relación con las palomas heridas

Por Fernando J. Ruiz

La democracia avanza cuando tenemos más derechos. Cuando en nuestra vida los derechos funcionan como escalones para nuestra proyección y expresión individual y social. ¿Cuál es el aporte del periodismo en esa ampliación de derechos?

El periodismo y su relación con las palomas heridas

[Discurso pronunciado en la ceremonia de entrega del premio de Periodismo Social a Fanny Mandelbaum en el Rotary Club el 12 de julio del 2019]

Quisiera aprovechar esta oportunidad que me dan ustedes para entender una de las claves de lo que el periodismo hace en la sociedad. Por eso, no vamos a hablar de lo que el periodismo es,  o de su forma de trabajar, de lo que pasa en su interior, o en su interna si ustedes quieren. No vamos a mirar hacia adentro, vamos a mirar hacia afuera.

Quiero hablar de lo que el periodismo hace o deshace afuera, en la sociedad, en especial en su relación con la democracia. La democracia avanza cuando tenemos más derechos. Cuando en nuestra vida los derechos funcionan como escalones para nuestra proyección y expresión individual y social.

En la historia europea se puede analizar una secuencia histórica de construcción de derechos. Podemos decir que primero vinieron los derechos civiles, luego los políticos y luego los sociales. En América Latina la secuencia es un poco más alborotada, más contradictoria. Ganamos derechos sociales, y perdemos derechos civiles, ganamos derechos políticos, y perdemos derechos sociales. No se nos da tan bien lo de una secuencia ordenada….

Pero la verdad es que los derechos son móviles, la ciudadanía es móvil, estamos permanentemente ganando o perdiendo derechos. Y en esa movilidad de los derechos, el periodismo tiene un rol importante.

La historia de los derechos humanos, dice la historiadora Lynn Hunt, “demuestra que al final la mejor defensa de los derechos son los sentimientos, las convicciones y las acciones de multitudes de individuos que exigen respuestas acordes con su sentido interno para la indignación”.

Por eso, el periodismo cumple un rol clave. Allá donde se construye un muro de indiferencia a la injusticia, se consolida un embalse de víctimas que no reciben sus derechos. Y el periodismo puede tanto colaborar con la construcción de ese muro, como con la destrucción de ese muro.

Todo depende de lo siguiente: qué percepción y qué relación establecen los periodistas con las víctimas. Y de eso Fanny nos puede dar cátedra. Su vida profesional es una patrulla en defensa y rescate de las víctimas. Siempre buscando “palomas heridas”, como diría Lito Nebbia.

 

“Allá donde se construye un muro de indiferencia a la injusticia, se consolida un embalse de víctimas que no reciben sus derechos. Y el periodismo puede tanto colaborar con la construcción de ese muro, como con la destrucción de ese muro”

 

Hay distintas etapas en esa relación. Primero puede pasar que las propias víctimas no se reconozcan como tales. Y muchas veces es la persuasión de un periodista lo que lo convence. “Tenés un derecho. Pedílo. Yo te ayudo”. Las víctimas pueden dudar porque saben que el camino de la discusión pública, incluso en una democracia, puede ser muy árido, los puede golpear muy duro. Recuerden el caso de Juan Carlos Blumberg, el papa de Axel Blumberg, los golpes que sufrió. O la misma Susana Trimarco, la mamá de Marita Verón, o de tantos otros y otras.

Pero después viene lo que se llama standing, que es cómo permanecer en los medios, cómo seguir siendo una voz en defensa de las víctimas, y no solo aparecer fugazmente para luego caer en bolsas de olvido, como decía Hannah Arendt.

Y este permanecer es un juego difícil, porque Fanny puede poner toda su enorme voluntad y cariño para hacer visible a las víctimas, pero si a sus jefes no les interesa el tema, o si la audiencia no demuestra interés, a Fanny se le va a hacer difícil sostener el tema.

Por eso, acá las víctimas tienen que convertirse en celebrities, en expertas, en competentes para explicar y, de alguna forma, emocionar a las audiencias. Esto no es, como algunos pueden pensar, un ataque de protagonismo, sino una necesidad imperiosa para intentar obtener su derecho.

Las víctimas tienen que atraer la atención, y eso no es fácil, por más que las Fannys del periodismo hagan lo posible para que eso ocurra.

Y algunas víctimas tendrán mucha dificultad en hacerse visibles. Recuerden la obra El enemigo del Pueblo, de Henry Ibsen. Ese enemigo del pueblo es en realidad el médico del pueblo que descubre que el balneario está contaminado y afecta a todos los turistas que vienen al pueblo. Es el enemigo porque dice la verdad, pero puede afectar la economía del pueblo porque va a ahuyentar a los turistas.  Todos sabemos que la vida está llena de verdades incómodas, que mejor es no hablar de ellas, no enunciarlas.

Por eso, hay víctimas que tienen la suerte de ir a favor de la corriente, y otras víctimas que tienen la mala suerte de ir en contra de la corriente, como este médico del pueblo. Si el periodismo acompaña a unas palomas heridas y no a otras, estará promoviendo unos derechos, y estará perjudicando otros.

Nos podemos remitir al caso Dreyfuss y ver allí cómo un escritor, Emile Zola, se enfrentó desde un diario a la corriente para defender los derechos de un oficial francés de origen judío que estaba siendo falsamente acusado.

El impacto público que logró el Yo Acuso de Emile Zola logró defender los derechos del oficial Dreyffus y seguramente también de muchos más.

 

“Aunque los derechos se formalicen en un papel, ese no es el final del camino. América Latina está repleta de constituciones que nos garantizan derechos, y hay muchos ciudadanos latinoamericanos que están muy escasos de muchos de esos mismos derechos”

 

La historia está llena de libros que cambiaron la historia. Brevisima relación de la destrucción de las indias, de Bartolomé de las Casas, promovió la discusión sobre los derechos de los pueblos indígenas.

La novela de Rousseau, Julia o la Nueva Eloisa, impactó sobre una nueva sensibilidad que puede haber preparado el camino para la declaración de los derechos del hombre y el ciudadano. De la misma forma que lo hizo otra novela en el mismo momento, Pamela, de Samuel Richardson.

Estas novelas fueron capaces de romper la indiferencia, de construir empatía entre sectores sociales que antes se ignoraban mutuamente.

Otro libro clave fue Memorias de un cazador, de Ivan Turguenev, el que logró el reconocimiento del sufrimiento de los campesinos rusos.

En Estados Unidos, Los derechos del hombre, de Thomas Paine, o La Cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe.

Si los escritores o los periodistas tienen éxito,  se rompe la cárcel de la indiferencia. Y las víctimas ya son reconocidas socialmente como víctimas.

Eso quiere decir que las víctimas han logrado cambiar la mirada de la sociedad. Nos han puesto lentes nuevos, donde todos nosotros vemos ahora cosas que antes no veíamos, aunque estuvieran delante nuestro.

El avance de los derechos de las mujeres nos cambió los lentes. Vemos ahora cosas que antes no veíamos. Si hace 30 años un gabinete de un gobierno no tenía ninguna mujer, no era eso un tema de discusión. Hoy es un escándalo. Raúl Alfonsín solo tuvo una mujer ministra y solo durante 2 meses (Susana Ruiz Cerutti). Y había muchas militantes radicales y potenciales ministras. Todos los demás ministros fueron hombres, siempre. Eso, hoy, sería un escándalo.

Bartolomé de las Casas, Emile Zola, Rousseau, Thomas Paine y los periodistas como Fanny nos cambian la forma de mirar las cosas.

Pero eso todavía no es el derecho. El fin de la indiferencia social es una condición necesaria, pero no suficiente para que tengamos realmente un derecho.

Después de haber roto la indiferencia social, hay que romper la indiferencia institucional. Fanny tendrá muchos casos en su carrera donde su lucha logró llegar a la sociedad pero no al poder legislativo, o no al poder ejecutivo, o no al poder judicial.

Incluso puede haber pasado que se logró también romper la indiferencia institucional. Pero el estado no reacciona. Tenés una ley que te apoya, tenés un decreto que te apoya, tenés un fallo de un juez.

 

“El fin de la indiferencia social es una condición necesaria, pero no suficiente para que tengamos realmente un derecho”

 

Pero vos sabés que, aunque los derechos se formalicen en un papel, ese no es el final del camino. América Latina está repleta de constituciones que nos garantizan derechos, y hay muchos ciudadanos latinoamericanos que están muy escasos de muchos de esos mismos derechos.

Cuantos jubilados, por ejemplo, después de todo el reconocimiento de la injusticia cometida, y con sus derechos reconocidos por la ley, por los decretos y por los fallos judiciales, siguen esperando Justicia.

Es aquí donde se llega a la batalla decisiva. Después de vencer la indiferencia social y haber convencido a la sociedad, después de vencer la indiferencia institucional ya te avalan el legislativo, el judicial, o el ejecutivo. Pero eso no te alcanza.

La clave es terminar con la indiferencia estatal.

Que el estado se active, sobre todo el street level burocracy -los funcionarios que están más próximos y cercanos a los ciudadanos-, pues está en las manos de ellos el ejercicio de nuestros derechos. Me refiero a los policías que están en la calle, los maestros que están en las escuelas, los funcionarios que te atienden en tus trámites, los médicos que te atienden en un hospital.

Las constituciones y las leyes prometen, pero son ellos los que cumplen o no esas promesas. Esos papeles son solo los enunciadores de los derechos. Son los estados y sus burocracias los que efectivamente realizan los derechos.

Recuerden al Rey Lear, de Shakespeare, quien, al momento de distribuir sus propiedades, pregunta a sus tres hijas. “¿cuál de vosotras me ama más?”

Dos de sus hijas, que no lo querían nada, le expresaron en forma grandilocuente su amor. Mientras la tercera, Cordelia, que era quien realmente lo amaba, se negó a ese juego, pues le parecía un torneo de falsedades donde se necesitaba “una mirada pedigüeña y una elocuencia que, le dice Cordelia a su padre, celebro no tener”

Las constituciones y las leyes latinoamericanas son como las hijas mentirosas del Rey Lear. Prometen en forma elocuente todos los derechos a los ciudadanos y ciudadanas, pero esa promesa de amor democrático muchas veces no se cumple. Porque ese cumplimiento depende del Estado, no de una Constitución.

Las hijas mentirosas del Rey son las eficaces enunciadoras del amor. Pero solo Cordelia realiza ese amor, lo cumple.

La democracia no es solo el enunciado de derechos, es la realización efectiva de esos derechos.

Y eso es lo que Fanny ha hecho toda la vida: intentar la realización efectiva de los derechos. Ser una luz de justicia para que todos los ciudadanos y ciudadanas, sin importar provincia, sexo o condición disfruten lo que la constitución nos promete.

Por lo tanto ¿Se acuerdan que les dije que el Rey Lear prometió donarles las tierras de su reino a aquella hija que le confesara la verdad de su amor, aquella hija que lo quisiera más?

Yo creo, Su Majestad Rey Lear, si usted me permitiera opinar, yo le sugiero, enfáticamente, que se las done a Fanny.