Contenidos 29/07/2019

Cristian Alarcón: “Ojalá se encuentren modos más creativos de financiar las buenas historias”

Por José Crettaz

El fundador y director de la revista Anfibia se refirió en #TMTconversaciones a la relación entre el periodismo y la literatura, la cobertura inteligente de hechos urgentes y la lectura de las crónicas en el celuar, la pantalla omnipresente

Cristian Alarcón es escritor y periodista. Nació en Chile pero desde hace años vive en la Argentina donde desarrolló una prolífica carrera en el periodismo narrativo. Se licenció en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata y es codirector de la Maestría en Periodismo Narrativo de la Universidad Nacional de General San Martín (Unsam), donde fundó la revista digital Anfibia dedicada a la crónica y el ensayo.

También fundó el sitio Cosecha Roja, la Red Latinoamericana de Periodismo Judicial y el Laboratorio de Periodismo Performático, una alianza entre Anfibia y Casa Sofía que cruza la investigación periodística y las artes explorando nuevas formas de contar historias.

Escribió en los diarios Página/12, Clarín, Crítica y en las revistas Rolling Stone y Gatopardo, y publicó las novelas de no ficción Cuando muera quiero que me toquen cumbia y Si me querés, quereme transa y el libro de crónicas Un mar de castillos peronistas.  En esta entrevista para #TMTconversaciones, realizada hace algunos meses, repasó las relaciones entre el periodismo y la literatura.

-¿Cuánta literatura tolera el periodismo? 

-Toda la que se pueda. Siempre que no consideremos a la literatura asociada necesariamente a la idea de lo falso, lo inventado o lo creado en la imaginación de un autor. Cuando hablamos del periodismo y literatura estamos hablando de los recursos de la literatura, de las estrategias, de esas trampas benévolas que te acercan al periodismo, lo real de un modo que pueda ser deseante, fructífero, no solamente para la información, sino para ayudarnos a sentirnos acompañados por la lectura, a sentir que estamos en un mundo que también nos puede pertenecer como nos pertenecen las novelas o los cuentos. Se trata de sumergirnos en una historia sin necesitar esa híperconciencia de que lo que estoy recibiendo es una inoculación de datos que me va a mantener en el mundo mejor armado para poder sobrevivir. La idea de que la información viene a asistirnos para poder manejarnos en el mundo es del siglo pasado porque la información ya no es aquello que los periodistas descubrimos y comunicamos. La información está en el mundo y nacemos prácticamente informados.

-Qué te reconoces en mayor medida ¿periodista o escritor?

-Periodista. Nunca voy a dejar de ser periodista. Mi condición de escritor, en todo caso, es algo que viene más asociado a la idea de que he publicado algunos libros. ¿Entonces, qué es un escritor? ¿Alguien que publicó libros? ¿Alguien que publicó buenos libros? ¿Alguien que vende muchos libros? Es difícil ese concepto. Lo que la gente en general siente como escritor es una persona que escribe, publica y es leído. Y es leído con algún tipo de pasión, su escritura queda, permanece, trasciende y no va a parar a la mesa de saldos de la calle Corriente o el Parque Rivadavia. 

“La idea de que la información viene a asistirnos para poder manejarnos en el mundo es del siglo pasado porque la información ya no es aquello que los periodistas descubrimos y comunicamos. La información está en el mundo y nacemos prácticamente informados”

-¿Tenemos tiempo para el periodismo narrativo, literario?

-Yo no. Yo, como decías, hace seis años dirijo la revista Anfibia. La fundé junto con Mario Greco, el director ejecutivo, hace siete años y medio (estuvimos mucho tiempo antes de salir). Pero, también dirijo Cosecha Roja, que es un sitio que nace dentro de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), de Gabriel García Márquez, como una red de periodistas judiciales. Yo doy clases allí desde muy joven y como maestro fui creando una red en América Latina de gente que cubría temas de violencia en las ciudades, pero también soy titular de cátedra de una materia de periodismo en la Universidad Nacional de La Plata y estoy permanentemente tratando de hacer innovación en el periodismo, en su cruce con la literatura y ahora también con las artes.

Después de trabajar siempre en redacciones, en la trinchera de la noticia (estuve en Página 12, Clarín, la revista TXT, y Crítica de la Argentina) en estos últimos seis o siete años, creí que al conducir proyectos me liberaba del yugo salarial, pero tengo mucho menos tiempo para escribir (estoy luchando para tenerlo). El tiempo es una materia tan interesante para alguien que escribe crónicas, que al mismo tiempo que me quejo porque no lo tengo sé que soy un voraz gastador de tiempo. Trabajo mucho porque soy feliz trabajando, dado que casi todo lo que hago es algo que me interesa, me conmueve y me desafía. 

-¿Y los lectores tienen tiempo? Está instalada la idea de que es una época de textos breves en la que las redes sociales han impuesto la velocidad y la fugacidad

-Es relativo. Hace siete años, cuando Anfibia y Cosecha Roja salieron al ruedo, los gurúes digitales decían que era imposible pretender que se lean textos largos. Ahora, los memes que nos regalaron nuestros lectores todos hacían referencia a la extensión de los textos. El otro día leí algo en redes (creo que en Twitter) de una chica que decía: Me enamoré, leí las notas de Anfibia hasta el final. Proponemos textos largos, no necesariamente kilométricos. Yo diría que son textos que se pueden leer en 20 o 25 minutos: un viaje desde Palermo al centro de Buenos Aires. No es tanto.

Lo que sucede es que se nos ha dificultado tanto la concentración por este exceso de estímulos que tenemos, sobre todo a través del celular que se nos complica, pero el secreto es que Anfibia y Cosecha Roja son leídas en los celulares. El 70% de nuestros lectores lee en el celular y eso transforma nuestra forma de pensar el periodismo. Estamos desafiados por esta tendencia irrefrenable de vivir  en un siglo en el que la conexión con el otro está mediada por este aparato, esta prótesis de comunicación a la que a veces estamos felizmente condenados y otras ingratamente condenados.

“En Anfibia proponemos textos largos, no necesariamente kilométricos. Yo diría que son textos que se pueden leer en 20 minutos y los más largos en 40. Dos sentadas en el subte de 20 minutos: un viaje desde Palermo al centro de Buenos Aires”

-¿Cómo se eligen los textos de Anfibia?

-Los encargamos. Casi nunca recibimos propuestas; quizás nuestros autores amigos se han cansado de proponernos porque es difícil para el imaginario de la crónica latinoamericana entender, comprender, y sobre todo asumir que Anfibia es una revista de actualidad. Sigue siendo una revista de crónicas y ensayos, pero el 90% de nuestro material se imbrica -aunque a veces no es la noticia- en lo que podríamos llamar la agenda de actualidad. No hablamos de extrañas historias únicas y originales que acontecen en lugares míticos a las que nunca llegará el lector. Lo extraordinario, que ha sido una marca muy fuerte para la crónica latinoamericana, pero que también la ha mantenido en algunos márgenes, no es lo que hacemos.

Nosotros disputamos la centralidad y nuestra idea es que competimos con los medios grandes, no con otras revistas de crónicas. Queremos sacarle lectores a Clarín, La Nación y Página/12 e incluso a la televisión porque ofrecemos un contenido completamente diferente. Es decir, antes de que te olvides del acontecimiento ocurrido entregarte algo que te va a gustar leer, que te va a iluminar de alguna manera para que pienses en eso que te inquietaba a la mañana, cuando lo escuchaste en la radio, y no terminaste de comprender lo que estaba pasando.

Te aterriza una idea y te habilita algo que es esencial para este momento, para esta época, te habilita la conversación, te vuelve un mejor conversador porque te da ideas para desplazarte en la escena por la noche, con el amor de tu vida, con tus hijos, en el bar con los amigos o en el encuentro de profesionales al que tenés que ir. Esa posibilidad de contar con otras lecturas y con algún tipo de suspicacia, inteligencia, sutileza que exceda la información que repiten una y otra vez las redes.

-¿Hay que salir a buscar al lector y traerlo al móvil que es la plataforma en donde están, o te buscan ellos?

 -Es alto el porcentaje (podría alcanzar el 30%, no recuerdo ahora) de lectores que escribe revistaanfibia.com o cosecharoja.org en el buscador o que lo tienen permanentemente en sus pantallas abiertos. Cuando ocurre un acontecimiento importante, que hace que toda la sociedad discuta sobre eso, el lector espera que nosotros publiquemos. Hay dos, tres, cuatro temas al año que rompen la agenda. Por ejemplo, el intento de la Corte Suprema de crear el 2×1 para los genocidas, la desaparición de Santiago Maldonado o una elección. Cuando esto ocurre el lector espera que digamos algo y eso es terrible. Nosotros sufrimos en esas horas felices porque no es  instantáneo, hay que encontrar un autor o una autora que se anime a escribir.

El 2017 me enseñó muchísimo el momento en que apareció el cuerpo de Santiago Maldonado, esas siete horas en que su hermano pasa vigilando el cuerpo, temiendo que haya contaminación de la escena. Mientras eso ocurría, los canales, las radios, todo el mundo tenía que hablar del tema. En la tele no tienen ninguna chance de no hacerlo, en el vivo hay que decir algo y por lo tanto dicen pavadas y tejen unas hipótesis fantasmagóricas. Es el periodismo que va en retroceso porque el vivo obliga al chamullo. Nosotros, igual de apretados por el tiempo, a las 10 de la mañana del día siguiente no habíamos conseguido un autor que escribiese sobre la aparición de ese cadáver, que si bien esas fotos denigrantes que circularon por Whatsapp ya daban cuenta de que se trataba en un 90% de Santiago, no había ninguna confirmación por parte de la familia, ni por parte de la fiscalía.

De manera que no había académico o periodista serio de en la Argentina que dijera: voy a escribir. Hasta que entendimos que sólo podían escribir escritores y, mejor aún, escritoras y llamamos a Raquel Robles. La llamé yo y conversamos. Le le planteé las ideas que me atravesaban, que tenían que ver con la incerteza, con la crueldad de la incerteza, con la idea de sus propios padres desaparecidos y la aparición de un cuerpo, con el estremecimiento que yo sabía que nuestros lectores y lectoras tenían. Ella comprendió y nos dijo que entregaba a las cuatro de la tarde. Entregó a los 45 minutos y fue el texto más leído del año. Un texto muy conmovedor. Por la tarde salió otro de Claudia Piñeiro, que lo twittea Tinelli y se viraliza inmediatamente. Esta situación a mí me emociona porque con todo lo que nos quejamos de la tecnología, lo cierto es que allí hay un vínculo, una relación real entre un público que lee esta revista y sus editores y una universidad, como la Universidad Nacional de San Martín (que es editora de la revista), que ha decidido apostar todo a generar otro periodismo, un periodismo más humano.

“Hoy yo necesito que el texto sea bueno, que haya investigación, que haya novedad, que sea exclusivo, que sea original y que lo puedas ver en el celular mientras estás esperando el 60 en 5 minutos”

-¿El periodismo que tenemos hoy en la Argentina es mejor o peor que el de hace algún tiempo (una, dos o tres décadas atrás)?

-Es muy difícil. Me estás jugando una jugarreta vil porque te hace reflexionar sobre el periodismo que yo podía hacer y en el que hacían los que estaban conmigo en Página/12 y diría que ha habido algún tipo de decadencia. Los escritores que había entonces no están, el relato desapareció, la idea de un periodismo que tenía estas pretensiones de tomar las riendas de las notas a través de una narrativa poderosa en el día a día no está. Se ha negociado con los tiempos y, sobre todo, con las condiciones de trabajo. Creo que tiene que ver mucho con la idea de que no hay colegas que tengan un solo empleo, los compañeros y compañeras del gremio de prensa tienen que tener varios empleos y es imposible dedicarle la energía libidinal que necesita un texto que pretende ser literario.

Podemos compararnos también con los años 80, con la dictadura y nos podemos comparar con las décadas del  70, del 50 y con el siglo XIX. Ha habido distintos periodismos, según la época histórica. Creo que el gran momento, la época de oro de la profesión se vivió, por un lado, en la década del 30 con la emergencia de los grandes diarios y los grandes escritores y también en el siglo XIX con Sarmiento y compañía, con los grandes escritores argentinos que le dieron continente a nuestras naciones. Creo que es muy difícil que nos comparemos desde este siglo con el pasado porque ha transcurrido demasiado poco tiempo y sobre todo porque la tecnología cambia de tal manera las cosas que no podemos comparar manzanas con pelones. Es otro periodismo. Hoy yo necesito que el texto sea bueno, que haya investigación, que haya novedad, que sea exclusivo, que sea original y que lo puedas ver en el celular mientras estás esperando el 60 en 5 minutos. 

-Y que vos como editor, lo puedas pagar

-Que yo lo pueda pagar y que ojalá algún día me lo paguen. Parece que no va a pasar, pero los gurúes están alucinando con que la gente va a pagar lo que consume. No sé si va a ser así. Ojalá se encuentren modos más creativos de financiar las buenas historias.

-Por lo pronto, hay lugar para instituciones públicas, como puede ser una universidad, que dedica recursos a esta actividad

-Creo que es el único caso en América Latina y entiendo que lo están explorando algunas universidades de América Central que nos han pedido asesoramiento para crear revistas universitarias no académicas. Es decir, revistas no para adentro de las universidades, sino desde las universidades para fuera. Anfibia existe porque hay una universidad que cree que hacer periodismo es producir conocimiento social y entonces invierte en una revista, como invierte en sus laboratorios de energía nuclear o eólica o de bioquímica.

Esa idea de que Anfibia es un laboratorio más de la universidad es maravillosa. En estos años ha habido un fortalecimiento muy fuerte de la relación con las audiencias de Anfibia y 600.000 lectores únicos por mes ( con picos de hasta un millón). Es decir, masividad siendo una revista de nicho, no para iniciados sino para gente que lee. Esto le da a la universidad muchísimo orgullo. Es cierto que es una universidad sensible al arte y a la producción cultural instalada en un lugar tremendamente injusto, donde la desigualdad social sigue siendo durísima, pero que incluye como muy pocas universidades en el mundo a su comunidad en la formación y la investigación para encontrar desarrollo y bajar las inequidades sociales. Me parece que hay algo que la vuelve de una integridad especial. 

“Anfibia existe porque hay una universidad que cree que hacer periodismo es producir conocimiento scial y entonces invierte en una revista, como invierte en sus laboratorios de energía nuclear o eólica o de bioquímica”

-¿Fuiste director de Infojus, la agencia de noticias jurídicas del Ministerio de Justicia ¿Se puede producir bien ese tipo de información desde el propio Estado?

-¡Qué pregunta! Mis amigos de la fundación García Márquez me cuestionaron el hecho de que yo hubiese asumido la creación de una agencia con 45 periodistas dentro de una estructura del Estado. Creo que fue un error de la política comunicacional del gobierno de Cristina [Kirchner] que no fuese parte del sistema de medios públicos. Tendría que haber sido una puntogob, en vez de una puntocom, sutil, pero enorme diferencia.

Cualquier proyecto periodístico con un financiador es lo que puede ser según cómo se administra la tensión y la negociación con ese financiador. Vos trabajaste en grandes medios y sabés perfectamente que la relación entre editores y propietarios es sustantiva en el periodismo de Occidente, excepto en la Rusia comunista o en la Cuba castrista o en cualquier dictadura de derecha donde hay control de los medios siempre esa atención existe.

Hay editores y directores más permeables, más porosos o más genuflexos respecto de lo que pide el patrón. Entonces aprendí a asumir el desafío de lidiar con ese Estado propietario del medio en la defensa de un periodismo que no claudicó y que jamás hizo una operación, compró merca podrida, publicó lo que era mentira, trabajó para la agenda del ministerio o se dedicó a hacer propagar. En ningún momento.

El interés genuino por la coyuntura política de la creación de la agencia era habilitar un espacio. Yo hacía mucho que trabajaba en medios y podrían haber llamado a alguien mucho más permeable, mucho menos conflictivo y mucho menos boca sucia que yo a la hora de negociar los contenidos. Me llamaron a mí y se aguantaron bastante bien (y yo también), así que para mí fue una gran experiencia.

-Tanto en Infojus como en Cosecha Roja cubriste la violencia.¿Ese tema está bien cubierto o hemos vuelto a la cosa rústica del informe policial?

-Hay un retroceso enorme en la cobertura policial. Es una lucha que yo doy desde que comencé a escribir porque mis primeros textos en Página/12, de hace 20 años, ya eran sobre escuadrones de la muerte y criminalidad urbana, y después escribí una novela sobre narcotráfico Si me querés, quereme transa. He transitado el tema de todas las maneras que te puedas imaginar.  He hecho documentales. Creo saber mucho de eso y de cómo hacerlo. He dado talleres, lo enseñó en la universidad y sin embargo, una y otra vez, se vuelve, sobre todo en la tele, a insistir con el mismo modelo que tiene éxito porque apela a las emociones y al miedo.

No hay manera de sustraerse cuando te muestran la violencia en un formato que se parece a la película de terror. Puede mostrar 20 veces la escena de un robo donde un carterista le arrebata la cartera a una viejita. Entonces ver el detalle de cómo lo hicieron hace que uno salga de ahí más o menos enojado con el ladrón que si simplemente se hubiese leído la noticia: un ladrón se robó una cartera. Todo el contexto, todas las condiciones en que se produce el delito, todo lo que lo vuelve verdaderamente comprensible al delito queda por fuera y eso sigue ocurriendo en toda América Latina.

Ha habido grandes experiencias desde El Faro en América Central hasta Animal Político en México, Cosecha Roja como red casi en todas partes, en los nuevos medios digitales brasileños y María Teresa Ronderos habló de 200 nuevos medios alternativos en América Latina (hay nuevos espacios, pero el trazo grueso sigue siendo preocupante). Es decir hay mucho por hacer todavía. Cosecha Roja ha comenzado con el financiamiento de Open Society Foundations, un proyecto que a mí me encanta (y ya tiene varias ediciones) en el que becamos a 20 periodistas entre editores y redactores de 16 países de América Latina que reunimos en Buenos Aires durante tres días y discutimos sobre cómo se hace periodismo sólo en tres cuestiones: cómo se escribe sobre femicidios, cómo se escribe sobre homicidios de jóvenes y cómo se escribe de crímenes de odio.  Durante cuatro meses pertenecen a un laboratorio donde hay periodistas de diarios y revistas, que trabajaran en las redacciones, sobre cómo cambiar sus maneras de contar estas violencias. Entonces, básicamente, lo que estamos haciendo es sembrar de feminismo América Latina.

Es que la emergencia de estos feminismos juveniles y revolucionarios, que tienen tan conmovida a nuestras sociedades y, sobre todo, a nosotros los varones que no sabemos qué carajo hacer en muchas situaciones ante estos valores que quedan desnudos, que nos culpan y nos arrastran digamos a una zona oscura que no nos gusta tanto mirar, esta emergencia de los femicidios es clave para la transformación del periodismo en América Latina. No porque aprendamos a escribir sobre mujeres, no porque nos demos cuenta de que está mal matarlas, está mal discriminarlas, pegarles, que ya es obvio. Sino porque hay una sensibilidad para mirar el mundo que es hora de que la aprendamos porque transforma completamente tu forma de vincularte, no solamente con el texto, sino con tu jefe, con tus compañeros, con tus compañeras, con tu mujer, con tus hijos, con tus hijas.

Empieza a haber algo que va más allá del texto. El periodismo, como lo mejor de la vida, no es el texto ni la noticia son los vínculos. Algo está pasando con eso que a mí me da muchísima esperanza respecto de un mejor periodismo, que va a ser mejor en tanto seamos mejores personas.

“El 70% de nuestros lectores lee en el celular y eso transforma nuestra forma de pensar el periodismo. Estamos desafiados por esta tendencia irrefrenable de vivir en un siglo en el que la conexión con el otro está mediada por este aparato”